En octubre de 1969, Tucumán respiraba zafra, huelgas azucareras y esa mezcla de calor y política que caracterizaba a la provincia. Y justo en ese octubre, sin que muchos se dieran cuenta, llegó una revolución silenciosa. El sistema “ Outinord”, con licencia francesa. La primera obra fue bien céntrica, casi simbólica, el edificio en la esquina de San Juan y Monteagudo. Ahí los tucumanos vimos por primera vez esos moldes metálicos gigantes, muy distintos a los viejos tablones de madera que crujían en cada obra. Básicamente cambiaba la lógica de construir. El Outinord reemplazaba el encofrado de madera tradicional por formaletas metálicas. Con eso se hacía el colado continuo de hormigón, en una sola operación se levantaban muros y losas juntas. No era ladrillo por ladrillo. Era la fábrica entrando a la obra. Las ventajas eran de manual de modernización. La rotación diaria de los moldes metálicos daba una celeridad de ejecución que antes era impensada. Se hacía una planta por día, literal. En cuanto al costo había menos mano de obra, menos desperdicio de material y se ahorraba el revoque porque el hormigón ya salía con buen acabado. Las cañerías de agua, gas y electricidad ya quedaban embutidas mientras se colocaban las paredes. Era pensar la casa como un producto, no como una artesanía. Así también, con el tiempo se construyeron barrios y casas particulares. Pero este sistema también tenía su letra chica. El costo de la formaleta metálica era altísimo. Y una vez que la casa salía del molde, ya no había vuelta atrás. No permite modificaciones futuras de la construcción ni permite flexibilidad arquitectónica. La casa era eficiente, pero rígida, pensada para producir, no para que la familia le vaya agregando el cuartito de atrás con el tiempo. Como hace por lo general el tucumano.
Rodolfo Ruarte Las Heras 516 - S. M. de Tucumán